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    ¡Habla de cualquier cosa que te apetezca!

    Las nuevas tecnologías y medios de comunicación crean nuevas formas de sociabilizarse.
    Esto es algo que bien ya sabemos todos.
    Al igual que sabemos que el poder y el dinero emponzoña el carácter humano y que muchos serían capaces de traspasar la línea de la moralidad hasta límites insospechados por un poco de esa traidora compañera llamada “fama”.

    Cuando esta serie de conceptos son seleccionados, mezclados y condimentados con un público ávido de morbo, da lugar a un cóctel molotov tal como lo son programas como “hombres, mujeres y viceversa”, en el cuál son invitados anónimos ilusionados por encontrar el amor de su vida.
    Parece tener una inocente intención ¿verdad? Pero vayamos un paso más allá del trasfondo del asunto.
    Nos encontramos ante un grupo de personas, todas jóvenes, y, qué casualidad, bellezones dignos de lucirse en la mismísima Interviú y enjugados en aceite, sin apenas estudios o trabajo (los pocos con trabajo se dedican al mundo nocturno, ya sea como porteros de discoteca, stripers, bailarines exóticos…) que buscan como pareja a otra persona, que llaman “tronista”, con las mismas características que las anteriores, de la que quedaron, en teoría, prendadas, insisto, sin siquiera conocerla.
    Encontramos aquí la primera razón del sinsentido del programa:
    Al parecer sólo los guapos tienen o pueden encontrar el amor de su vida.
    Descarado fomento de una clara “utopía” y vana superficialidad donde los haya, por favor.

    Pero ahí no queda la cosa, que ojalá.
    Como si no fuera evidente la clara existencia de un guión estipulado ( y con un lenguaje digno de estar presente en el fondo de un retrete), dicho programa se toma la libertad de sacar a la luz confidencias de los pretendientes, confidencias como, por ejemplo, resultan ser homosexuales, o están saliendo con otras personas, o que salen de fiesta “pá ligar”.


    Si realmente esto fueran confidencias, ¿por qué saldría una temática denunciable en pantalla? ¿por qué procuran, sin embargo, susodichos pretendientes, a pesar de dichas razones, permanecer el mayor tiempo posible en el programa?


    Como si no fuera suficiente esto, es sabido por todos que, una vez pretendiente y tronista acaban juntos, ganando el premio del programa (que casualidad, ¡en metálico!).
    A las dos semanas, por arte de birlibirloque, han roto.
    No sólo estos jóvenes usan este programa para sacar dinero, sino que encima lo usan como trampolín para dar el salto a la televisión.
    Nos están vendiendo una mentira, no sólo falta de escrúpulos, sino de humanidad.
    ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que un par de personas que se conocen un buen día, cruzaron miradas y sintieron una punzada en el pecho?
    ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que ese par de personas que, al cabo de paciencia y tiempo, acabaron queriendo compartir el resto de su vida?
    ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que simplemente mantener una conversación agradable en cualquier cafetería con esa persona que tú querías significaba mucho, muchísimo más que acostarse mil veces con mil personas diferentes?
    El concepto “amor” ha quedado frivolizado, encerrado, apartado, confundido entre una amalgama gachosa como puede serlo la fusión de la codicia y la trivialidad del retorcimiento de la mente humana.


    El amor no se halla en un plató lleno de gente guapa que cobra por programa que siga sentado en una silla.

    L.M. F.B.A.

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